Excursión al valle de Izas

El pasado fin de semana salí de Zaragoza por primera vez en varios meses. Rubén (aka Meskio) llevaba ya tiempo comentando que quería ir a la montaña, y finalmente anunció que iba hacerlo el pasado fin de semana. Se lo propuso a varias personas, y Jorge (aka Bencer) estuvo a punto de apuntarse, pero finalmente yo fui el único en acompañarle.

Rubén me prestó el material especializado del que yo carecía (polainas, crampones, etc), y únicamente hube de comprarme un pantalón adecuado. El viernes por la tarde compramos y nos repartimos la comida, y quedamos en vernos en la estación de tren a la mañana siguiente, poco antes de las 7. Cuando llegué a la estación, él ya había sacado los billetes. Nos despedimos de su padre y pasamos las mochilas por la máquina de rayos X. Por lo visto, para los guardias de seguridad un par de piolets no son armas blancas.

El tren, el famoso canfranero que circula entre Canfranc y Valencia, se componía únicamente de 2 vagones. Al principio estuvimos durmiendo, hasta que al ir al servicio me encontré con que César, que había subido en Huesca. Se sentó con nosotros y estuvimos hablando y contando anécdotas. Según me contó, se está planeando una quedada de antiguos miembros del colectivo Pedalea.

A la llegada a Canfranc, a algo más de las 11, nos sorprendió el agua que caía sobre nosotros: no nos habíamos dado cuenta de que estuviera lloviendo. Y no lo estaba: era la nieve acumulada sobre el porche de la estación, que se derretía y se escurría por las rendijas de la maltrecha techumbre.

Antes de ponernos en marcha compramos unos sobres de Tang, para mineralizar y dar sabor al agua pura de la montaña. Vimos la entrada del antiguo túnel del Somport, y tras cruzar la carretera y un puente, anduvimos por un camino flanqueado de pinos y escaramujos que nos llevó hasta Coll de Ladrones, una antigua fortaleza militar destinada a vigilar la frontera con Francia, pero que presentaba un avanzado estado de abandono, hasta el punto de que había árboles creciendo en sus tejados. Por el camino habíamos observado también algunos bunkers excavados en el monte.

A partir de ahí nos internábamos en la canal de Izas, donde los pinos irían cediendo sitio a los arbustos de boj. Tras alcanzar una pequeña presa, fuimos ganando altitud rápidamente, y la cantidad de nieve fue en aumento (a veces nos hundíamos en ella hasta por encima de la rodilla). No tardamos en ver gente escalando hielo en las congeladas cascadas de la cara norte del valle.

Finalmente avistamos una construcción achatada: el refugio de Iserías, a 1620 metros de altura, donde íbamos a pasar la noche. Cuando llegamos, ya se encontraba allí una pareja de Tortosa, que nos había adelantado un rato antes junto con su perro.

El refugio no era exactamente acogedor: había varios montones de nieve dentro, así como excrementos de vaca. Armados de una pala, fuimos apartando nieve hasta conseguir desobstaculizar la segunda puerta, sacar por ella buena parte de la nieve y extender el resto por el suelo para formar una capa sobre los excrementos.

Tras esto, comimos un par de latas y un poco de queso. Marta y Pere (en realidad no nos presentamos, pero creo que se llamaban así) fueron a dar un paseo, y nosotros nos quedamos en el refugio, pues yo me sentí repentinamente mareado (supongo que la lata de ensaladilla no me sentó muy bien).

Cuando volvieron de su paseo ya me encontraba mejor. Estábamos conversando fuera del refugio cuando notamos la ausencia del perro. Marta corrió dentro del refugio, pero ya era demasiado tarde: se había comido nuestro queso. No fue una gran pérdida para nosotros, que llevábamos comida de sobra, pero al animal le supuso el castigo de dormir fuera, a la intemperie. Tras cenar una crema y algo de pasta, nos fuimos a dormir.

Nos habíamos acostado hacia las 20h, y nos levantamos a las 7. Eso no significa que durmiésemos 11 horas: la primera mitad de la noche la pasamos apaciblemente, pero después se levantó el viento, que oíamos rugir fuera del refugio, y la temperatura bajó sensiblemente. Por las rendijas penetraban partículas de nieve que me azotaban la cara, que metí dentro del saco.

Tras desayunar por la mañana, decidimos abandonar nuestras espectativas iniciales de ascender al vértice de Anayet, pero avanzar no obstante un poco más, hasta la cabaña de Arroyetas, a unos 2000 metros de altitud. Si había camino, ya no quedaba rastro de él, así que fuimos por donde mejor nos pareció. La subida era fuerte y constante, una ladera cubierta de nieve, hierba y rocas. Al final había una altiplanicie, al fondo del cual estaba la cabaña. Se encontraba en todavía peores condiciones que el refugio, pues no tenía ni siquiera puerta. Comimos algo sobre la nieve acumulada en su interior, y decidimos intentar subir a un pico cercano, el Chiniprés, de 2390 metros de altura.

No tardamos en desistir, pues el viento arreciaba, iba cayendo más nieve y no teníamos claro el camino a seguir. Así que decidimos emprender la vuelta. A la altura de la cabaña, mientras ataba los cordones de mi bota, que se habían soltado, el viento se llevó mis guantes. Rubén echó inmediatamente a correr tras ellos, y para mi sorpresa consiguió darles alcance. La bajada hasta el refugio fue rápida, deslizándonos sobre la nieve como si de un tobogán se tratara, y usando el piolet para frenarnos. En ella perdió Ruben sus gafas de sol, que había guardado en un bolsillo mal cerrado.

Marta y Pere ya se habían ido. Nosotros preparamos nuestras mochilas (Rubén comprobó que también hay perdido su linterna) y cerramos bien el refugio, para evitar que volviera a llenarse de nieve. Los primeros tramos fueron un poco difíciles, pues la nieve estaba muy helada y era fácil resbalar. Sin más incidentes llegamos a Col de Ladrones donde, no excesivamente refugiados, comimos la tortilla de patata. Poco rato después llegamos a la población.

Como todavía quedaba tiempo hasta la salida del tren, inspeccionamos lo que fue la estación internacional de Canfranc. Presentaba un aspecto desolado, de hecho habríamos podido entrar en ella si lo hubiésemos deseado, tal y como hizo aquel francés que encontró los papeles del oro nazi. Sin embargo nos limitamos a deambular por los vagones abandonados.

La estación tiene vías a ambos lados: unas con ancho europeo y otras de ancho español. Personas y mercancías tenían que pasar de un lado a otro, sometidos al control aduanero. Ayudándome de mi bota comprobé los diferentes anchos: cinco pies el europeo, mientras que el español casi alcanzaba los seis.

Ya en el tren, nos quitamos los calcetines, que llevábamos mojados, y los colocamos junto a la calefacción, para que se fueran secando durante el trayecto. Y así llegamos a Zaragoza, felizmente ignorantes del incendio del edificio Windsor de Madrid.

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